25 de noviembre, 2020
Salud
NUTRICIÓN

¿Mercancía o alimento? ¿Qué comemos?

Hay muchos factores que se ponen en juego en nuestras elecciones alimentarias personales, como son los gustos y preferencias, los hábitos familiares, las costumbres sociales, el ritmo de vida acelerado, entre otros, que traman la complejidad del acto alimentario. A su vez, estamos insertos en un sistema económico capitalista que ordena la producción, distribución y consumo de alimentos, reduciéndolos a mercancías. Bajo esta dinámica… los alimentos son buenos para vender pero ¿para comer?

¿Sabemos qué comemos? ¿Es una mercancía o un alimento sano, seguro y soberano?

En nuestro país, la lógica principal de acceso a los alimentos es mediante la compra en  super o hipermercados, siendo la etiqueta de sus envases la única fuente de información disponible entre quien lo produce y quienes lo consumimos, que nos permite conocer ese alimento (qué es, qué ingredientes tiene, su información nutricional). La mayoría de los alimentos que agregamos al carrito, se denominan ultraprocesados.

¿Qué quiere decir que un alimento sea ultraprocesado? También llamados por la antropóloga Patricia Aguirre como OCNIS (Objetos Comestibles No Identificados), son productos elaborados principalmente con ingredientes industriales, que contienen poco o ningún alimento entero y que han sido modificados con la finalidad de volverlos más perdurables y con mayor palatabilidad. Por otra parte, suelen ser altos en azúcar, grasas, sales, y aditivos químicos que generan hábitos de consumo y “adicción”, desplazando a otras comidas. Por mencionar algunos ejemplos, disponemos de miel “pura” de abeja con jarabe de maíz de alta fructosa, cacao “semiamargo” con azúcar como primer ingrediente y la lista podría seguir…

Ahora me pregunto, si es que llegamos a leer esa información en letra chica ¿Sabemos qué significa cada ingrediente? Es desde este interrogante que varias organizaciones argentinas reclaman por el “Etiquetado Frontal de Advertencia” como política pública que brinde información en el frente del envase sobre ciertos componentes… ¿Sería una forma de garantizar la transparencia de esa información? Esta propuesta tiene la intención de advertir sobre los efectos de ciertos componentes en la salud y propiciar el empoderamiento de los consumidores al momento de adquirir un producto.

Pero las respuestas no terminan ahí… También detrás de nuestro plato se escoden otros interrogantes: ¿Cómo fueron producidos los alimentos que conforman nuestro plato? ¿Se utilizaron agrotóxicos en el proceso? ¿Cómo fueron criados los animales? ¿Quiénes intervinieron? ¿Fueron producidos por una corporación mundial o pequeños productores? ¿Cuántos kilométros viajó ese alimento para llegar a nuestro plato? Propongo que reflexionemos sobre estas preguntas, cuyas respuestas quedarán pendientes.

Entonces… ¿Qué podemos hacer como comensales-consumidores?

Si bien el acto de comer es complejo, y en él se ponen en juego muchos condicionantes (como mencionamos al principio), debemos saber que a nivel individual tenemos derecho a conocer el origen de los alimentos –y cuestionarnos- qué comemos para poder tomar un rol protagónico a la hora de decidir como comensales-consumidores: ¿Elegimos cantidad o calidad?

Considerando que la alimentación no se reduce a reglas estructuradas ni permisos o restricciones, hay ciertas acciones que pueden conducirnos a tomar decisiones más soberanas a la hora de elegir qué comer. Entre las principales acciones destaco la preparación de comidas caseras, priorizando alimentos naturales, en lo posible agroecológicos, que no sólo beneficien nuestra salud (por ser libres de agrotóxicos) sino que también nos permitan conocer en profundidad cada alimento (a partir del contacto directo con los productores y pagando precios justos por ellos) y finalmente, si consumimos alimentos ultraprocesados, hacerlo con la menor frecuencia posible y prefiriendo aquellos con el menor número de ingredientes, eligiendo calidad por encima de cantidad.

Por Agustina Pécora

Lic. en Nutrición